Sonó el teléfono, una vez, dos veces, mil. Aquel sonido se había metido tanto en su cabeza que llegó un momento en que ya ni lo oía. No pensaba cogerlo, esta vez no, esta vez se había acabado del todo, las oportunidades estaban tan acabadas como su paciencia y su corazón.
Demasiadas heridas, para tanto corazón, son los más grandes los que más sufren los que menos se protegen, los mas expuestos. Y aquel corazón ya había tenido bastante, como las esponjas que absorben hasta que se acartonan. Esa era la palabra, su corazón estaba acartonado. Y lo peor es que sabía quién era el responsable de que funcionara mejor su cerebro que su corazón, y no le iba a coger el teléfono, podía llamar lo que quisiera, podía tirarse un año insistiendo y martilleando su paciencia sin parar, podían unirse sus oídos a su corazón en el terreno de la incredulidad, que ella no pensaba firmar un armisticio, ni permitir que volvieran a anexionarse sus sentimientos.
Dicen que el que te quiere te hará llorar, ¡maldita estupidez! Pensaba ella mientras su vista se perdía en recuerdos de tardes de sol, paseos por los confines del cariño y noches de sudor en paraísos particulares. Había vivido por encima de sus pies, elevada, en un estado de felicidad que creyó el paraíso. Pero él no creía en paraísos y ahí comenzó el derrumbe, él no creía en abismos ni sueños y eso comenzó a pudrir su ilusión, su tierna sonrisa, sus ganas de renovarse cada día. Él mató el amor y eso no se perdona.
El rencor le hizo reaccionar, se levantó, se vistió, se maquilló ,se peinó y se miró al espejo. Le costó un par de minutos, no era nada fácil, pero, al fin, aquel espejo se llenó con su sonrisa, esa que le intentaron robar pero que logró salvar mientras aquel pitido sonaba en su salón, esa que fue capaz de devolverle la ilusión. Esa misma sonrisa presidía su rostro cuando camino hacía el salón y descolgó el auricular. Ni un tono más. Nueva vida.
Se afanó en olvidar, en virar su mente hacia otro rumbo, hacia aquél que le permitiera abandonar ese puerto que sólo le traía dolores y atracar en otro distinto, con nuevas ilusiones, nuevas caricias. Pero no era fácil, su timón obedecía torpemente sus órdenes y los recuerdos rodeaban su mente como las fuertes olas lo hacen con una embarcación.
Quiso saltar, cuando la desesperación ya le podía, cuando era incapaz de abandonar aquel rumbo. Y lo intentó porque sabía a dónde le iba a dirigir, sabía cuál era el punto final al que le llevaría ese rumbo: la locura. Pero no lo logró. Probó con el bote salvavidas, el alcohol, pero sólo le funcionó unos instantes, después volvió a ver los mismos paisajes abismales y caóticos, cumbres de desesperación y valles de depresión, volvió a verle la cara a la locura.
La miró a los ojos, la escrutó, y quedó prendado. La locura era bella, deslumbrante, prometía placeres que él, en ese momento, no pudo (o no supo) rechazar. Así que se abandonó, se tumbó en la proa y decidió dejarse llevar por ese demente rumbo, arrojarse a los brazos de una locura que por fin lo haría libre, libre. La corriente lo llevó, tranquilo, y él comenzó a acostumbrarse a esos fantasmales paisajes, e incluso le comenzaron a gustar, a atraer. Tanto fue así que cuando hubo llegado al fin del trayecto la locura ya era para él la mejor opción. Su salvación. Ya estaba dentro de él.
Voy a necesitar toda la ayuda. Las hojas caen y ya vuelan por toda la ciudad tapizando su suelo de un color pardo que me sume en una espiral de desesperación. Mientras tomo mi café, ese café, el mismo que tiempo atrás tomé, la misma taza, el mismo nudo en la garganta, en el mismo sitio, ante el ventanal que da a la plaza y que es como una claraboya que accede a mi interior.
A través de él lo veo todo, lo que quiero y lo que no quiero. Pero siempre primero lo que menos me gusta, lo que me hacer hundirme un poco más en la taza humeante que tengo ante mí. Injusticia, el pan de los cobardes y la comida nuestra de cada día. Intolerancia, el elixir de los débiles mentales y el grillete de los que aspiramos a la libertad. Soledad, el pozo oscuro de los eternamente románticos, nuestro mayor castigo. Tras toda esa desolación que rastrilla mi alma, cuando ya diviso los posos en el fondo de mi debilitado café, después de un tiempo incontable e infructuoso intentando encontrar sentido a su dispersión, convengo con el sobre del azúcar, audaz y fantástico oyente, que sólo hay un remedio y una solución, quizás un antibiótico para el virus de la realidad, y no es otra cosa que tú.
Y es entonces cuando ese ventanal, mi ventanal se va llenando de ti. Apareces desde una de sus esquinas y mientras el sobre azucarado y yo damos gracias por ello vas llenando el espacio hasta formar un lienzo de deseo y ensoñación. Y entonces, aunque sólo sea durante un par de horas vivo fuera de mí, no en una nube sino en todas ellas. Cuando el efecto se me pasa vuelvo a la misma mesa, frente al mismo ventanal, con la misma taza y, por supuesto, con el mismo sobre de azúcar, mi mejor amigo, mi colega de cruzadas contra la insoportable realidad.
Un saludo a todos. He decidido abrir este blog para compartir con todo aquel que quiera la pasión de escribir. Espero que aquí tengan cabida todo tipo de textos, ya sean ficción, ensayo, novela guión, o cualquier tipo de reflexión personal. Esperando que esta iniciativa sea de vuestro agrado, me despido con un saludo. Gracias