Voy a necesitar toda la ayuda. Las hojas caen y ya vuelan por toda la ciudad tapizando su suelo de un color pardo que me sume en una espiral de desesperación. Mientras tomo mi café, ese café, el mismo que tiempo atrás tomé, la misma taza, el mismo nudo en la garganta, en el mismo sitio, ante el ventanal que da a la plaza y que es como una claraboya que accede a mi interior.
A través de él lo veo todo, lo que quiero y lo que no quiero. Pero siempre primero lo que menos me gusta, lo que me hacer hundirme un poco más en la taza humeante que tengo ante mí. Injusticia, el pan de los cobardes y la comida nuestra de cada día. Intolerancia, el elixir de los débiles mentales y el grillete de los que aspiramos a la libertad. Soledad, el pozo oscuro de los eternamente románticos, nuestro mayor castigo. Tras toda esa desolación que rastrilla mi alma, cuando ya diviso los posos en el fondo de mi debilitado café, después de un tiempo incontable e infructuoso intentando encontrar sentido a su dispersión, convengo con el sobre del azúcar, audaz y fantástico oyente, que sólo hay un remedio y una solución, quizás un antibiótico para el virus de la realidad, y no es otra cosa que tú.
Y es entonces cuando ese ventanal, mi ventanal se va llenando de ti. Apareces desde una de sus esquinas y mientras el sobre azucarado y yo damos gracias por ello vas llenando el espacio hasta formar un lienzo de deseo y ensoñación. Y entonces, aunque sólo sea durante un par de horas vivo fuera de mí, no en una nube sino en todas ellas. Cuando el efecto se me pasa vuelvo a la misma mesa, frente al mismo ventanal, con la misma taza y, por supuesto, con el mismo sobre de azúcar, mi mejor amigo, mi colega de cruzadas contra la insoportable realidad.
Simplemente, brillante.